Estancamiento y euroescepticismo, los desafíos de la UE en 2014

 

La bandera de la Unión Europea (Foto: FotoHiero  / pixelio.de)

Berlín, 28 diciembre 2014 – Disipados los temores existenciales que flagelaron a la eurozona durante la crisis de la deuda, los europeos vieron surgir este año la amenaza del estancamiento económico y un creciente malestar en la población que llevó al ascenso de los euroescépticos y los populistas de derecha.

Con un desempleo del 11,5 por ciento, una inflación del 0,3 por ciento y un pronóstico de crecimiento del 0,8 por ciento como telón de fondo, los líderes de las dos mayores economías europeas, Angela Merkel y François Hollande, insistieron en la necesidad de fomentar el crecimiento, pero siguieron disintiendo sobre cómo conseguirlo.

La alemana Merkel se erigió nuevamente en adalid de la disciplina fiscal y apuntó esta vez a la estancada Francia y a la endeudada Italia por demorarse en aplicar reformas para mejorar la competitividad.

La Comisión Europea «dejó claro que no basta lo que hay puesto sobre la mesa. Y yo pienso lo mismo», lanzó Merkel sobre la reacción de Bruselas al aviso de París y Roma de que necesitarán más tiempo para cumplir el objetivo de reducción del déficit presupuestario.

Francia e Italia, por su parte, afirmaron que el principal problema reside en Alemania, que se resiste a abrir la mano. «A todos nos interesa que Alemania invierta», sostuvo el ministro francés de Economía, Emmanuel Macron.

Las cifras les han dado en parte la razón. Alemania quedó al borde de la recesión al encadenar una contracción en el segundo trimestre con un minicrecimiento del 0,1 por ciento en el tercero.

La debilidad de la coyuntura mundial y la inseguridad generada por los conflictos geopolíticos, en especial en la cercana Ucrania, hicieron mella en la economía que hasta ahora tiró de la eurozona.

Sin embargo, el gobierno de Merkel aprobó un presupuesto para 2015 sin nueva deuda y anunció un paquete adicional de inversiones de 10.000 millones de euros.

Más inversiones reclamó también el nuevo presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker. El ex primer ministro de Luxemburgo asumió el 1 de noviembre después de que los partidos conservadores ganaran las elecciones a la Eurocámara del 25 de mayo.

Juncker presentó un ambicioso plan de inversión. Con un capital inicial de 21.000 millones de euros, el líder europeo espera poder movilizar hasta 315.000 millones de euros de inversiones privadas para proyectos en infraestructura de transporte, economía digital y energía.

Poco después de asumir, Juncker debió superar un voto de confianza por el escándalo desatado en torno a la política impositiva de Luxemburgo durante su gestión. Pese a negarlo, la revelación de que su país -y bajo su gobierno- había atraído a grandes empresas con acuerdos secretos de reducción de impuestos puso en entredicho su liderazgo.

También el Banco Central Europeo (BCE) bajo el mando del italiano Mario Draghi insistió en la necesidad de una política fiscal más expansionista e indirectamente llamó a Alemania a relajar su férreo credo de austeridad.

El BCE fue protagonista de uno de los proyectos más ambiciosos de la UE, la unión bancaria, que dio su primer paso en noviembre con el guardián del euro asumiendo como supervisor único de las principales entidades bancarias en busca de la confianza perdida.

Paralelamente, el BCE volvió a bajar las tasas hasta un mínimo histórico de 0,05 por ciento en el intento de hacer llegar el crédito a empresas y hogares. La medida volvió a chocar con las reticencias de Alemania, que ve diluirse los ahorros de la población.

El BCE se guarda aún en la manga la opción de comprar a gran escala títulos soberanos y empresariales, lo que quitaría presión especialmente a Francia e Italia, pero que enfrenta la resistencia de Alemania.

La falta de perspectiva en el sexto año de crisis económica en Europa trajo aparejado el éxito de los euroescépticos en los comicios europeos, que ocupan 125 de los 751 escaños en Estrasburgo.

El ejemplo más preocupante fue el de Francia, país fundador de la UE junto con Alemania. Allí el racista Frente Nacional se convirtió en mayor fuerza en los comicios europeos, con un 26 por ciento de los votos.

Pero también en el Reino Unido se hizo con 27 por ciento de los votos el partido eurófobo UKIP. Presionado en este frente, el premier británico, el conservador David Cameron, anunció para 2017 un referéndum sobre la permanencia en la UE y demandó como condición que sean revisados los tratados europeos.

El presidente saliente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, acusó a Cameron de estar «jugando con fuego». «Uno no puede criticar a la UE de lunes a sábado y pedirle a la gente el domingo que vote a favor de la UE», advirtió en una entrevista a France 24.

Su sucesor, Juncker, abogó por seguir cooperando con Londres, pero muchos países expresaron el temor de que una revisión de los tratados podría abrir la caja de Pandora de los reclamos nacionales.

La paciencia de los europeos para con Londres está llegando a su fin por otro motivo. Las insinuaciones de Cameron de que podría introducir una cuota de inmigrantes de la UE hizo saltar las alarmas. Según la prensa, la propio Merkel le avisó que estaba por cruzar una línea roja al violar uno de los principios más importantes de la UE, el de la libre circulación. (dpa/dmz/hl)